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El mayor espectáculo pirotécnico de Europa se celebra en los Realejos, pequeño pueblo de las Islas Canarias, en España

En la fiesta de Las Cruces y los Fuegos de Mayo de Los Realejos compiten dos calles por ofrecer los más espectaculares

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La fiesta es los días 2 y 3 de mayo.

Un año más, y ya van más de 250, el pequeño municipio de Los Realejos, en Tenerife, a los pies del Orotava y del Teide, se prepara para escenificar el 3 de mayo vieja rivalidad entre dos calles que provoca el mayor espectáculo de fuegos artificiales que puede contemplarse en Europa.

Toneladas de pólvora y sofisticada tecnología dan como resultado prodigio de luces y sonidos que estremece el cuerpo y conmueve el alma. Casi dos horas de explosiones, colores evanescentes, fuegos efímeros, tracas y relámpagos que iluminan y hacen vibrar las calles, y los barrios de El Sol y El Medio en raro homenaje a la Santa Cruz que desfila por sus callejas pero hace parada entre cohetes porque también quiere contemplar este singular y exclusivo espectáculo que nace en campas aisladas pero también en las azoteas de muchas de las casas.

Volcanes, carcasas, palmeras, cohetes, candelas, bengalas, bombetas, voladoras, petardos, truenos, fuentes, baterías… crean multitud de efectos visuales, combinando colores, estallidos, destellos, cruces de direcciones y también tonos sonoros en forma de estallidos, chispas, silbidos, explosiones. Todo ello es el resultado de distintas combinaciones de salitre, azufre, carbón vegetal, sulfato de cobre, alcanfor, dextrina, antimonio y de la destreza de artesanos dedicados al raro oficio de crear obras maestras que terminan convertidas en humo.

La Cruz es la auténtica protagonista de la fiesta.

Pero lo de menos es el contenido y las formas de estos fuegos que se transforman en especie de magia que dura segundos, pero llena de entusiasmo y admiración a quienes la contemplan. Lo importante es la propia celebración y el “pique” pacífico entre las dos calles que se remonta a más de 250 años y que nunca ha tenido vencedor ni vencido, porque no se trata de concurso ni pugna. En todo caso, la única que vence es la Cruz Santa, auténtica protagonista de la fiesta y a la que todos los alentejanos de una calle o otra rinden devoción. Tradición que cada año cobra más fuerza, heredando la costumbre las generaciones más jóvenes. La celebración es Fiesta de Interés Turístico Nacional desde 2015 y aspira a ser de Interés Turístico Internacional en breve.

Fuegos artificiales iluminan el cielo.

Aparición milagrosa. Como ocurre con frecuencia, los símbolos religiosos –vírgenes, santos, cruces…– nacen de forma milagrosa a mitad de camino entre la historia y la tradición. De la cruz de Los Realejos se cuenta que en 1666 un jinete cruzaba el barranco del Pago de la Higa, cuando su caballo se detuvo bruscamente y se negó a seguir. El amo, molesto, lo azuzó para que caminara, y el caballo terminó tirándolo de la montura.

Cuando el jinete se recuperó de la caída descubrió al animal escarbando la tierra. De entre las piedras asomó entonces una cruz de madera, y el hacendado, conmovido ante el acontecimiento, dispuso levantar una capilla en ese mismo lugar, el Montículo de la Suerte, que con el tiempo sería el templo del Apóstol Santiago (en conmemoración de la festividad en que los soldados castellanos dieron por finalizada la conquista de Tenerife). De aquella cruz solo quedaron pocos maderos que ahora están en el interior de una cruz de filigrana de plata (1677), que es la que desfila por las calles el 2 y 3 de mayo de cada año.

Es lluvia estruendosa de colores.

Y es también la cruz –las cruces porque son más de 300 las que se exhiben en el municipio– otra de las rivalidades que afectan a todo el pueblo, a todas sus calles. Capillas, portales, ventanas, escaparates, interiores de viviendas, patios, incluso simples paredes se adornan con cruces y fuera de la urbe, también en riscos, peñas en el mar, caminos y quebradas en el monte. Cientos de cruces y millones de flores formando enrames deslumbrantes o modestos que forman catálogo de las más bellas y olorosas variedades. Orquídeas, anturios, rosas gigantes, tulipanes, claveles, margaritas, calas y, naturalmente, la Strelitzia reginae, más conocida como ave del paraíso, la más típica de Canarias.

Casi dos horas de explosiones y la multitud acompaña a la Santa Cruz.

Larga historia. Pero junto a las cruces, lo que hace singular esta fiesta son los fuegos. Todo empezó por rivalidad entre dos barrios, incluso dos calles del mismo municipio, la calle El Sol y la calle El Medio; aunque también, según se dice, entre dos clases sociales bien diferenciadas: los propietarios de las tierras por donde discurría la calle El Medio, también conocida como calle de los Marqueses, y los medianeros y pequeños campesinos de la calle El Sol. Así nació el “pique” que se remonta a 1770, aunque estos contrastes económicos tan pronunciados han desaparecido.

¿Por qué se enfrentaban los barrios? ¿Dónde nace esa rivalidad? Históricamente se trataba de día de conflicto simulado entre marqueses y campesinos. El “pique” consistía en que al paso de la Cruz en procesión, cada calle encendía hogueras, humos de colores y se hacía mucho ruido, de modo que ganaba aquella que mayores fogatas, mayores columnas de humo o más ruido hubiera hecho. Pero tras la irrupción de las pirotecnias en estas fiestas, se pasaron a vivir auténticas batallas campales con petardos y voladores que surcaban el cielo en horizontal buscando la calle “enemiga”.

Lo que comenzó con hogueras, humos de colores, ruidos, tracas y regueros de pólvora colocados por los fieles en las aceras y zaguanes de las casas, pasó a ser auténticas batallas campales con petardos y voladores que surcaban el cielo en horizontal buscando la calle “enemiga”.

Es fiesta única e incomparable.

Hoy, la antigua “guerra” es motivo de fiesta que convierte a Los Realejos, en Tenerife, los días 2 y 3 de mayo en una de los pueblos más decorados y bellos de España. Pero lo que no ha cambiado es la esencia que siempre ha caracterizado estas celebraciones y que es la de venerar a la Cruz, acogiendo con los brazos abiertos a todos aquellos que vienen cada año a admirar la devoción y entrega que los vecinos de ambas calles ponen en la realización de fiesta única e incomparable.

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